Para ser iguales en derechos y libres de toda opresión

Mi?rcoles, 04 de noviembre de 2009

Asia Times Online


La negativa de Abdulá Abdulá a participar en la segunda vuelta de la elección presidencial afgana el 7 de noviembre es un hito. Desde su punto de vista, el ex ministro de Exteriores hizo algo sensato, después de haber evaluado cuidadosamente el hecho de que no tenía interés alguno en una segunda vuelta en la que no tenía ninguna posibilidad de ganar.

El presidente Hamid Karzai también ha mostrado la puerta a los patrocinadores occidentales de Abdulá. Se habían acercado con la esperanza de obtener un “acuerdo” de último minuto que asegurara que Abdulá, su protegido, obtuviera alguna posición en el futuro gobierno. Abdulá vio que desde este momento, la ley de rendimientos decrecientes entraría en juego si seguía discutiendo con Karzai.

Karzai estimó que Abdulá sería como una espina clavada, o peor todavía, un caballo de Troya de las potencias occidentales; tenerlo en el gobierno en algún puesto de importancia llevaría sólo a que Karzai pasara noches insomnes en el palacio presidencial.

En todo caso, Karzai calculó que Abdulá ya había infligido el mayor daño posible al prestar sus servicios a los detractores occidentales del presidente. Karzai también sabe que seguirá gozando de un fuerte apoyo dentro de los principales grupos no pastunes mientras su cooperación con pasados dirigentes muyahidín Mohammed Fahim, Karim Khalili, Ismail Khan, Rashid Dostum y Mohammed Mohaqiq permanezca intacta.

El gran juego político en gran estilo afgano está ahora a punto de comenzar. Ya pasó el teatro de siempre. Al centro de la escena del teatro político está Karzai. Logró volverles las tornas directamente a las potencias occidentales, pero no olvidará fácilmente los continuos intentos durante el año pasado y más por ridiculizarlo y derribarlo. Ha habido un cierto desgaste. Los ataques en su contra y en contra de miembros de su familia han sido en términos muy personales y lo afectaron profundamente. Los afganos no están acostumbrados a semejante difamación al estilo occidental en nombre de la democracia.

La última andada en el New York Times, mostrando a su hermano, Wali Karzai, como narcotraficante, ha llevado las cosas a un punto sin retorno. Funcionarios estadounidenses que hablaron fuera de tono han hecho un daño colosal a los intereses de EE.UU. en Afganistán. Probablemente querían hacer un último intento desesperado de lanzar algo más de basura contra Karzai. Ojalá Washington no ordene una investigación de la historia del

New York Times, como pretendía hacer según informaciones John Kerry, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de EE.UU.

Cualquier investigación semejante sólo terminaría por sacar del armario esqueletos que ni Kerry ni el presidente Barack Obama de EE.UU. quisieran ver.

Washington debe tomar seriamente en consideración que la respuesta al informe del New York Times vino de ningún otro que del ministro de Lucha contra las Drogas en Afganistán, general Khodaidad Khodaidad. El ministro había introducido al debate público el secreto mejor guardado de Afganistán: el papel de las tropas extranjeras en el narcotráfico.

Una cosa fue mostrarse desdeñoso cuando el ex director general de la Inteligencia Interservicios de Pakistán (ISI), general Hamil Gul, afirmó que aviones militares estadounidenses estaban siendo utilizados para el narcotráfico en Afganistán. También podría haber sido expeditivo ignorar simplemente el tema cuando fuentes rusas bien informadas hicieron comentarios en los medios de que tropas estadounidenses estaban haciendo un próspero negocio en el narcotráfico en Afganistán, ascendiente a cientos de millones de dólares. Pero Khodaidad es un profesional altamente entrenado que sabe de lo que está hablando.

Los indios lo conocen, y también los rusos. Khodaidad salió de la prestigiosa Academia Militar India en Dehra Dun y es un producto de la famosa Academia Militar Fronze en Moscú. Tuvo un historial probado en el gobierno comunista en Kabul como general altamente decorado; dirigió brigadas paracaidistas de choque en la guerra a comienzos de los años ochenta y sirvió como comandante del ejército en el crucial frente de Kunduz y Takhar enfrentando a Ahmad Shah Massoud de la Alianza del Norte. Gran Bretaña, donde vivió en el exilio durante una decena de años, también lo conoce.

Por ello, cuando Khodaidad dijo el domingo que contingentes de la OTAN de EE.UU., Gran Bretaña y Canadá estaban “gravando” la producción de opio en las regiones bajo su control, transmitió una advertencia seria por cuenta de Karzai. Es un simple mensaje directo: no lances piedras si tienes un tejado de vidrio.

Son las potencias occidentales las que han llevado las cosas a esta lamentable situación mediante actos de simple idiotez y al no prestar atención a la cultura y tradiciones del pueblo afgano. De ahora en adelante tendrán que limitar el habla sobre “señores de la guerra” y “el sistema de señores de la guerra”, y aprender a portarse – mientras sus soldados estén desplegados en Afganistán – del modo deseado por Karzai.

Karzai llega al poder para un segundo período por su propia cuenta, desafiando los deseos y frustrando los designios de las potencias occidentales. Ha llegado el momento de enterrar la escisión y de hacer un inventario a sangre fría. Vienen tiempos peligrosos. La propia presidencia de Obama está en la línea de fuego; las potencias occidentales no se pueden permitir otras metidas de pata.

En términos institucionales, tanto la Casa Blanca como el Departamento de Estado de EE.UU. tienen por delante una tarea difícil en la reconstrucción de sus vínculos con Karzai. Desde todo punto de vista, las ecuaciones entre Obama y Karzai son muy deficientes. Aparentemente, ni siquiera utilizan teléfonos satelitales y hablan entre ellos. Nunca debería haber pasado algo semejante entre dos políticos talentosos.

Igualmente, el representante especial para AfPak, Richard Holbrooke, se ha convertido en persona non grata en Kabul. Kerry hizo su famoso acto de presión sobre Karzai hace dos semanas y también podría haberse convertido en un caso perdido.

Es posible pedir al ex presidente George W Bush que salga de su retiro y discuta las cosas con Karzai. Eran amigos y solían bromear por teléfono por lo menos una vez por semana. Pero no es una manera muy sensata de librar una guerra – bajo un comandante en jefe en retiro.

Pensándolo bien, el Pentágono es el único vencedor. El secretario de defensa Robert Gates no se ha ensuciado las manos. Enormemente experimentado por igual en el arte de gobernar y de las querellas burocráticas, pudo comprender desde 15.000 km de distancia la ventaja de mantenerse lejos de las sórdidas escaramuzas en el Hindu Kush que Washington estaba enfrentando contra el obstinado dirigente afgano. Sabía que cosas semejantes sólo podían terminar en un lío y, lo que es más importante, que habría una necesidad crítica de que Obama siguiera tratando con Karzai después del desastre.

La dependencia de Obama del Pentágono para “manejar” el gobierno de Karzai y conducir a Kabul en la continuación de la futura estrategia de la guerra ha aumentado enormemente. Por suerte, Gates puede contar con el embajador Karl Eikenberry, ex general en retiro. Tiene excelentes relaciones con poderosos “señores de la guerra” como Fahim, desde sus dos períodos en la guerra en Afganistán. Por cierto, durante el primer período de Eikenberry en 2002-2003, el “señor de la guerra” Fahim sirvió como el todopoderoso ministro de defensa en el gabinete de Karzai.

De hecho, una gracia salvadora es hoy que Obama haya elegido cuidadosamente a alguien tan profundamente inmerso en la cultura y las tradiciones orientales a un nivel erudito y personal como Eikenberry para el delicado puesto en Kabul. (Eikenberry tiene una maestría de Harvard y fue un candidato a doctor en Stanford en estudios asiáticos orientales.)

Para cuando Eikenberry llegó a Kabul para su tarea como embajador en mayo, el puente de Washington con Karzai ya tambaleaba y era casi irreparable. Ahora Eikenberry puede dedicarse a reconstruir ese puente a su modo – una enorme oportunidad y al mismo tiempo un formidable desafío para un notable erudito-soldado-diplomático.

La tumultuosa fase de los últimos meses centrada en la elección presidencial afgana se esfumará más rápido de lo que espera la mayor parte de la gente en Occidente. En realidad, demasiado se exageró – innecesariamente – el factor de “legitimidad” en la elección afgana. La legitimidad nunca fue un tema ya que las verdaderas preocupaciones del pueblo afgano en esta coyuntura son otras. En cuanto a la comunidad internacional, es decir, el mundo no occidental, ésta estaba bastante acostumbrada a tratar con Karzai y nunca lo mezcló con el estado de la democracia en Afganistán.

La percepción amplia en la comunidad mundial era que unas pocas capitales occidentales motivadas estaban convirtiendo deliberadamente en un tema la “legitimidad” de la elección para “ablandar” políticamente a Karzai y hacerlo maleable como gelatina, y si seguía resistiendo, librarse de su persona en el poder. Por lo tanto, la comunidad mundial contempló en silencio mientras Kerry, el primer ministro británico Gordon Brown, la secretaria de Estado de EE.UU., Hillary Clinton, el ministro de exteriores francés Bernard Kouchner, el secretario general de Naciones Unidas Ban Ki-moon y el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, cantaban todos al unísono que debía haber una segunda vuelta y que la falta de un 0,3% de Karzai en la primera lo convertía en “ilegítimo” a los ojos del pueblo afgano.

Ha resultado ser una farsa de primera. La abdicación de Abdulá de la arena política no va a incendiar el río Kabul. Tampoco va a haber ninguna guerra entre pastunes y tayikos. Incluso Mohammed Atta, gobernador de Balkh, quien organizó el fraude electoral para Abdulá en la región de Amu Darya y había amenazado con violencia si Karzai salía elegido, verá lo que seguramente va a pasar.

El problema de Atta es en realidad una antigua desavenencia con Dostum (y Mohaqiq) – y no tanto con Karzai, como los gerentes de los medios de Abdulá han llevado a creer a los periodistas. Por ello, más vale que Turquía esté asumiendo la dirigencia de la Fuerza Internacional de Ayuda de la Seguridad (ISAF) en esta coyuntura. Ankara tiene considerable influencia sobre Dostum. Posiblemente, Washington debiera utilizar a Ankara como “mediador” con el nuevo gobierno bajo Karzai. A Turquía le encantará dicho papel.

En términos generales, a los países vecinos de Afganistán (posiblemente con la excepción de Pakistán, en cierta medida) les sea fácil trabajar con el nuevo equipo de Karzai. El nuevo grupo incluirá a personalidades que han sido conocidas desde hace muchos años a Moscú, Teherán, Tashkent y Dushanbe. La emergencia de un tal equipo en Kabul será reconfortante para esas capitales regionales.

La gran pregunta es cómo verán los talibanes los eventos políticos afganos. Es indudable que está emergiendo un cuadro complicado. EE.UU. se acerca a discutir un modus vivendi con los talibanes, y Karzai tiene socios que tienen tratos con los talibanes. (Irónicamente, Wali Karzai es uno de los expertos políticos que está profundamente inmerso en el folklore talibán.) No será sorprendente si se llega a un ajuste político con el poderoso Gulbuddin Hekmatyar en un futuro muy cercano.

Es temerario evaluar que los viejos belicistas de la Alianza del Norte se cierren ante los talibanes – o, si se quiere, ante Pakistán. Dicho simplemente, la cultura política afgana no funciona de esa manera. Lo que a menudo no entiende el mundo exterior – incluidas capitales vecinas como Delhi – es que las líneas de frente nunca han estado claramente definidas en el Hindu Kush. Es de esperar en cualquier guerra civil que se basa esencialmente en una disputa fratricida.

Si Hekmatyar cambia de lado, habrá ocurrido una polarización virtual de los muyahidín. Entonces nos encontraremos en una historia a priori, ubicada en algún sitio a comienzos de los años noventa después que el famoso diplomático de la ONU, Diego Cordovez y el Ejército Rojo habían abandonado el Hindu Kush y en algún momento antes de la llegada a la escena de los talibanes para arruinar la fiesta.

Pero si Hekmatyar elige la política en lugar de la guerra, también se habrá cruzado un importante obstáculo en el aislamiento de los elementos intransigentes (irreconciliables) dentro de los talibanes – la así llamada Quetta shura (consejo) y la red Haqqani. Es interesante que el jefe del ISI haya solicitado el sábado una audiencia con el rey saudí en Riyadh.

…………..

M K Bhadrakumar fue diplomático de carrera del Servicio Exterior de la India. Ejerció funciones en la extinta Unión Soviética, Corea del Sur, Sri Lanza, Alemania, Afganistán, Pakistán, Uzbekistán, Kuwait y Turquía.

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Fuente: http://www.atimes.com/atimes/South_Asia/KK03Df04.html



Publicado por alvarocampana @ 0:54
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